No sucede muy seguido que el título de un álbum dispare tantas hermenéuticas como formas de escucharlo. Segundo nombre, en definitiva, no es más que el título que lleva el segundo disco de la banda Amelia –y que se puede descargar de manera gratuita en el sitio www.amelia.com.uy, presentándoselo oficialmente hoy a las 22:00 en Café La diaria junto a la banda Carmen Sandiego-, pero en su misma enunciación saca detrás del telón una indagación identitaria que recién en los últimos años ha comenzado a delinear sus bordes. Precisamente, la ópera prima de esta formación uruguaya había sido bautizada Pocos nombres para demasiadas personas, título que indicaba lo infranqueable de una ecuación en la cual Amelia funcionaba más como concepto que como una banda en stricto sensu. Algo así como una meta-banda. Elaborado a varias manos, con un staff nómade que lo hacía ver como una especie de dream team indie rioplatense (entre sus contribuyentes, las todas particulares voces y estilos interpretativos del “Garza” Biniez- cantante de Reverb y contribuyente de Federico Deutsch y los Mavericks-, Tüssi DeMattheis –La hermana menor-, Pedro Dalton –Buenos Muchachos- y Pancho Coelho –Dante Inferno y la difunta Pompas), el disco, si bien tenía un par de temas redondísimos como “Corriendo en Espiral”, “Cinemateca” y “Este parque y este parque”, sufría un poco de aquella heterogeneidad a ultranza, con temas disgregados que parecían mutar y camuflarse de acuerdo a las peculiaridades de sus invitados.
Al mismo tiempo, de aquel Opus hasta la fecha actual, lo único que permanece del núcleo duro de aquella formación es Ezequiel Rivero, que tras la partida de Bianca Visconti (la, por así decirlo, vocalista oficial de aquella formación, y actualmente figura icónica de Fiesta Animal), terminó incluyendo en el concepto Amelia –para no decir aún banda- a Luis Bellagamba, Gonzalo Denis y Guzmán Risso, quienes se han mantenido como alineación oficial desde principios del año 2007.
Segundo nombre está cruzado medularmente por esa búsqueda identitaria, con temas a los que pueden encontrársele un crisol de influencias, frente a las que por primera vez se halla un coagulante y voz propia. Entre las peculiaridades de la banda, podría anotarse el hecho de su múltiple autoría, con temas compuestos y cantados tanto por Ezequiel Rivero, como por Luis Bellagamba y Guzmán Risso, los cuales tienen estilos compositivos y vocalísticos visiblemente diferentes. La frágil voz de Luis se adapta bien al estilo impresionista de temas como “Creo”, mientras que la de Guzmán Risso pivotea entre la sencillez romántica de “Future Time” y la condensación dolorosa y potente de “Escena Postal”, al tiempo que la de Ezequiel es por momentos histérica, desordenada y sinusoidal acoplándose al espíritu similar que envuelve temas como “Ultimos días”, o “Pendiente”. Al mismo tiempo, haciendo un rastreo de influencias, lo primero que sale a mención es la ingeniería pop de Yo la tengo (aquel tour de force que cierra el disco llamado Tan cerca, tiene ciertos lineamientos con los temas más largos del Electr-o-pura), así como Pixies (las voces y esa intro tan a lo Frank Black de “Por mi bien”) y ciertos arreglos guitarrísticos que hacen recordar a los escoceses Wedding Present. Pero el abanico se abre y también hay construcciones electrónicas más emparentadas con la obra de los Magnetic Fields y una herencia letrística –sobre todo en los temas de Ezequiel Rivero- que tienen mucho de esa extirpación y análisis citológico de ciertos devenires cotidianos que son ex libris del dúo español Astrud.
Atención al lector: acá termina la parte en que divago sobre bandas extranjeras, linealidades y cadenas de carbono y empieza la que divago sobre algunos aspectos antropológicos y metamusicales que me andan obsesionando. La música uruguaya –por lo menos la post dictadura (ampliando considerablemente el espectro de tal término)- se ha acostumbrado a definir al pop por la negativa, es decir, como aquella música electrificada que no entra en el terreno estriado del rock. Las disquisiciones casi wittgesteinianas sobre qué es y qué no es rock ha sido una tela de Penélope sobre la que han tejido y destejido críticos, músicos y fans, y ciertamente, sacar las agujas y pretender hacer mi parte es una labor suficientemente intrascendente como para obviarla en este espacio. Aún así, el asunto del pop a la hora de analizar el lugar que ocupan bandas como Amelia resulta necesario. En toda esta vaguedad terminológica, el pop de raíz más anglosajona (esto excluye a Jorge Drexler, Martín Buscaglia y músicos epigonales), es un género básica y paradójicamente poco explorado en nuestro territorio. Por fuera de ese nuevo glamour electroclashero inyectado un poco a la fuerza en la noche y radios montevideanas (algo que parece más un chiste interno de cinco músicos, cinco artistas plásticos, cuatro diseñadores gráficos y diez publicistas montevideanos que una verdadera transformación cultural), Amelia –quizás sólo acompañada por la muy respetable Sonido Top y alguna otra formación que escapa a mi memoria en este momento- es uno de esos veleros perdidos que se han quedado explorando las territorialidades que ofrece el género. Es en este aprendizaje que se mueven con más soltura, revelando no pocas muestras de toda buena orfebrería pop, como puede ser la perfecta condensación de emociones contradictorias en dos o tres minutos –sí, eso no es algo exclusivo de este género- y esa forma tan particular de hablar de todo y de nada al mismo tiempo, esa maliciosa ambigüedad que han sabido tener los temas que han moldeado la historia emocional del siglo XX. De esta manera, ante la escucha del disco acompañada de material letrístico, uno no tarda en sorprenderse ante cierto subtexto melancólico o directamente jodido que puede percibirse en temas melódicamente amables, como puede ser “Dos preguntas de tres”. Más prueba de esto es la multiplicidad de capas tectónicas que se desprenden sistemáticamente en casi todos los temas, como puede ser el velado sobrevuelo de ciertas imaginerías sexuales en versos como “Y si no bastara/ con ponerme a cantar/ o reírme de mi/al limpiar esa vez/ lo que yo enchastré/y gotea de vos” (Madagascar), o canciones como “Tenías que ser ella y fuiste vos”, en donde la concisa descripción de un corte de pelo malogrado despliega múltiples interpretaciones sobre la infiel naturaleza de tal acto fallido. De cierto modo, acordonándolo temáticamente, Segundo nombre en realidad dista de ser un disco emocionalmente feliz, siendo atravesado por amargas rupturas (“De la inacción a la reacción/a la alegría de saber/que desde ahora es esa vez/ que ya no vuelvo a verte” en Escena postal), juegos de espejos y fantasmas perdidos y reencontrados en los lugares menos adecuados, y aún así nunca se entrega a la dulce tentación de ofrecerse gratuitamente depresivo.
En un país hipotético en el que me gustaría vivir, temas como “Escena postal” o “Ultimos días” serían razonablemente enormes hits radiales, de esos que no molestan ser escuchados en taxis o desde los audífonos de un liceal que se sienta a tu lado en el ómnibus. Sin embargo, los claroscuros mencionados, así como también cierta producción del disco, atípica en su aspereza sonora, terminará posiblemente alejando a Amelia del gran público. O no. Aún así, tal como dice el tema que abre Segundo nombre, hay mil quinientas treinta y dos formas de verlo.
- Agustín Acevedo Kanopa, publicado el 21 de Agosto del 2009.